Segunda semana en Chile. Han sido días bonitos, soleados, con atardeceres lentos y bellos. Profesionalmente, no podría haber pedido una mejor primera semana. Todo fluye de acuerdo al plan. Y familiarmente, he podido disfrutar de tiempo en mi Valparaíso natal junto a algunas de las personas que más quiero.
Esta realidad idílica chocó de frente con el dolor del que ya te he contado en ediciones anteriores de esta newsletter y que durante estos primeros días de mi viaje ha golpeado duramente a México.
El domingo, mientras regresaba de Valparaíso a Santiago me enteré en redes sociales que Jalisco ardía. Centenares de puntos en lugares como Puerto Vallarta o Guadalajara fueron afectados por violentos bloqueos con vehículos incendiados, enfrentamientos armados. El aeropuerto de Guadalajara fue tomado por sicarios. Los vuelos suspendidos. El pánico era evidente.
Todo esto fue la reacción del crimen organizado al abatimiento del principal líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, uno de los más poderosos en el país. La respuesta del narco fue inmediata: paralizaron a través del terror a millones de personas para demostrar su poder.
Lo que no sale en las noticias
Estas noticias dieron la vuelta al mundo. Generaron como consecuencia tener que sostener muchas más conversaciones de lo que yo quisiera sobre un tema que a mi y a mi familia nos golpea de manera directa. Una realidad que a nivel nacional e internacional no sale en las noticias, pero que a quienes vivimos en Culiacán nos acompaña a diario.
La semana pasada, una amiga de la infancia de mi esposa perdió a su hijo, justo el día de su cumpleaños. Era un joven de 15 años y falleció atrapado en un enfrentamiento entre grupos criminales. Una vida plena, llena de futuro que se acabó por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Esa frase que realmente deberíamos aprender a odiar con todo nuestro ser: nunca nadie debiera estar en tal cosa como un lugar equivocado.
Mi esposa me lo contó por teléfono cuando ya en Chile era tarde. Y el desvelo fue inmediato. Son momentos en los que realmente no sabes qué decir ni qué hacer. Es completamente imposible pensar en otra cosa. Pero si no piensas en otra cosa, te vuelves loco con ideas fatalistas y angustia.
Ya en 4 meses más serán dos años. miles de muertos. Miedo, angustia y más miedo. Cifras terribles que los gobiernos más o menos maquillan para camuflar la crudeza de una crisis que a nivel de calle es evidente.

Ahora lo entiendo
De niño veía documentales de la segunda guerra mundial o de la dictadura militar en Chile y siempre me preguntaba porque la gente no se iba. Se me hacía muy raro que en medio de estos episodios que me enseñaron como parte de la “historia” hubiera gente enfocada en cosas tan cotidianas como comprar pan o caminar rumbo a la escuela. Resulta que ahora lo entendí.
Yo vivo desde hace más de 6 años en Culiacán. Allí hemos creado la mayor parte de los recuerdos familiares que mis hijos tendrán de etapas como su infancia. Y lo que ocurre es claro: los seres humanos tenemos una capacidad demasiado grande de apegarnos a nuestra rutina y a eso que llamamos hogar.
Escribo estas líneas desde la capital de Chile, el país en el que nací y que fue mi hogar por casi mis primeros 30 años de vida. Pero hoy no es mi hogar. El mío me lo está quitando la criminalidad desbordada. Y me resisto a aceptarlo.
Cuando empecé esta consultora y este newsletter lo hice movido por una convicción: que el liderazgo puede construir un mundo mejor. Mi trabajo acompañando personas y organizaciones a liderar con mejores herramientas y con más consciencia genera un efecto multiplicador económica, social y humanamente. Porque cada líder que crece hace crecer a quienes lo rodean.
Pero esta semana me costó pensar y escribir sobre liderazgo en los términos habituales. Es difícil construir un sentido de posibilidad y esperanza cuando las diferencias de poder son tan marcadas. Mientras haya madres tengan que perder hijos inocentes por culpa de un cáncer social completamente descontrolado, creo que hay que manejar la expectativa con mucho cuidado.
Muchas dudas y algunas claridades
Esto que está pasando no me va a hacer dejar de creer que liderar importa. Pero me está haciendo cuestionarme qué rol realmente tiene el liderazgo en nuestras sociedades.
¿Te acuerdas cuando escribí de ese liderazgo más autoritario que llegaba a tocarnos la puerta?
Si hoy viniera un liderazgo autoritario proponiendo medidas enérgicas basadas en la fuerza militar contra el crimen organizado, debo confesarte que probablemente esa idea hoy la apoyaría. Hoy creo que a quienes nos están quitando la paz y la tranquilidad se les debe combatir con fuerza.
Tengo que aceptar que no sé si eso me hace o no mejor persona y mejor líder. La incertidumbre se vive adentro y afuera. Porque nadie puede anticipar con certeza cómo resultarán las cosas en México.
Es demasiado lo que está fuera del locus de control para las personas normales. Pero lo que sí está dentro de nuestro control es elegir cómo vivimos este momento.
Podemos elegir vivirlo encerrados en nosotros mismos, creyendo que no podemos hacer nada. O podemos vivir con la creencia de que sí podemos hacer algo.
Yo creo que como líderes —en empresas, en comunidades, en familias— tenemos una responsabilidad específica en momentos así. Obviamente no es la responsabilidad de resolver un problema profundo y complejo, porque esa es responsabilidad del aparatos de estado que tiene entre sus funciones más básicas garantizar la seguridad y proteger la vida.
Pero sí es una que cuesta más trabajo de lo que crees: dejar de normalizar y reclamar con fiereza contra la injusticia, la violencia y la impunidad.

¿Qué hacer como líderes?
No quiero terminar por reducir este artículo sólo a un desahogo. Creo que lo que marca la diferencia en los momentos límite es la capacidad de sostener compromisos y promesas. Cuando partí con esto dije que en cada artículo encontrarías alguna referencia o alguna herramienta.
Aunque en este caso sea primero para ayudarme a mi, te comparto cómo estoy aplicando el modelo PIES Firmes para navegar esta triste situación. Si estás en México, quizás esto pueda servirte: Desde las personas: si preguntas a la gente con la que trabajas cómo están, haz el esfuerzo de realmente esperar la respuesta. A la amiga de mi esposa nadie le va a devolver a su hijo. Pero que su comunidad no la suelte, eso sí está en nuestras manos.
Desde influencia: Si tienes una voz y redes sociales, tienes una plataforma. Por pequeña que sea, úsala. Tenemos que ser millones las voces diciendo “Esto no está bien. Esto no puede ser normal. No me acostumbro y no me quiero acostumbrar”.
Desde estructuras: Cuida que tus procesos no se detengan por el miedo. En un país donde lo institucional se erosiona, cada organización bien gestionada es un acto de resistencia.
Y desde sentido: recuerda cada día por qué haces lo que haces. Te lo dije arriba, aunque este problema requiera acciones fuertes, no voy a dejar de creer que formar mejores líderes es una forma de construir un mejor mundo.
En el primer artículo de este Círculo de Líderes les conté la historia del anciano que caminaba solo hacia la montaña, cuchara en mano. Hoy la montaña que tengo al frente es enorme. Y siento que mi cuchara es muchísimo más pequeña. Pero alguien tiene que comenzar.
Con rebelde gratitud
Gus

