En las últimas semanas hemos estado cerrando varios procesos de coaching ejecutivo individual y también proyectos con equipos de fundadores o líderes en distintas organizaciones.
Estas sesiones son especiales. La última sesión de un proceso no se parece en nada a la primera. En la primera todo es hipótesis. Se plantean versiones de problemas que se irán transformando. Lo que es central al inicio no necesariamente termina siendo lo más valioso.
Pero hay una constante: en todos los casos en los que se llega al final con una sensación alta de logro y éxito, la clave no estuvo en la sesión. Sino en lo que ocurría después.
En la edición #49 te escribí qué es y qué no es el coaching ejecutivo para nosotros. Hoy quiero contarte la otra mitad: qué hace que un proceso funcione una vez que arrancó.
El compromiso con la ejecución
Uno de esos procesos que finalizó fue con el CEO de un grupo empresarial en crecimiento en Guadalajara y Estados Unidos. Distintas unidades de negocio, complejas, con alta presión financiera y con poco margen para fallar.
Otro fue el caso de una Luisa, directora general de una exitosa non-profit en Sinaloa, liderando una organización en expansión en medio del caos de hacerlo sin un método claro.
Más allá de lo distinto de los perfiles y las realidades de cada uno, ambos compartían una clave común: en ambos casos, hubo un compromiso radical con la ejecución de lo decidido en cada una de las sesiones.
Una conversación de coaching bien llevada produce claridad. Ordena. A veces incomoda. Y casi siempre se siente bien al terminar. Pero no cambia por si sola las cosas.
La claridad es sólo un insumo. Lo que realmente cambia las cosas es lo que cada líder hace al día siguiente cuando regresa a la oficina y comienza a operar sobre lo decidido.
El coaching realmente florece entre una sesión y la siguiente. No dentro de la sesión.
Individual y grupal: dos formas distintas de sostener lo mismo
En Aquí se Aprende Liderazgo trabajamos con ambos formatos y el compromiso se comporta distinto en cada uno.
En el individual, el compromiso es privado. Y eso tiene un riesgo. Nadie más (aparte del coach) se enteró de lo que te propusiste, así que puedes correrlo de semana en semana sin costo social alguno.
Lo que sostiene el compromiso en una modalidad así es otra cosa. Integridad: hacer lo que dijiste que ibas a hacer.
En grupo, en cambio, el compromiso es público. Se declara frente a pares que trabajan en contextos parecidos, y eso agrega dos cosas que el formato individual no tiene: accountability alto y ejecución compartida.
Si uno de los líderes participantes en el proceso se baja del mismo, se quiebra la cadena de cambio que se acordó construir. Y eso, rara vez sale gratis.
Compromiso no es motivación
En la #44 te escribí que cuando un equipo no avanza, casi nunca es un problema de actitud sino de claridad operativa. El éxito de un programa de coaching es algo similar.
El compromiso es una estructura que se diseña y se construye. Hay evidencia dura de esto. El psicólogo Peter Gollwitzer lleva décadas estudiando lo que llama intenciones de implementación: la diferencia entre proponerse hacer algo y definir por adelantado cuándo, dónde y cómo lo vas a hacer.
Su meta-análisis con Paschal Sheeran, que revisó 94 estudios independientes, encontró que ese simple cambio de formulación produce un efecto de tamaño medio-alto sobre el logro de la meta. No es una frase inspiracional: es de los hallazgos más replicados que hay sobre por qué la gente hace o no hace lo que dijo que iba a hacer.
Traducido a tu semana: “voy a delegar más” no es un compromiso. “El jueves 27, en el uno a uno con Ana, le paso la decisión sobre el presupuesto de proveedores y se lo aviso al resto del equipo el viernes” eso sí lo es.
Nos leemos en 7 días.
Con gratitud, Gus
P.D. A partir de septiembre estaremos iniciando los últimos procesos de coaching individual que alcanzarán a finalizar dentro del 2026. Si quieres más información al respecto, aquí está. Y si quieres reservar tu espacio, postula de inmediato aquí.

